Pequeñas cosas

Ser padre te regala momentos extraordinariamente gratificantes. Algunos de ellos se corresponden con situaciones en las que ves reflejados en tus hijos aquellos valores por los que has trabajado tanto antes. No es un tema de aprendizajes o normas, que también son de agradecer, sino de cosas que has ido trabajando muy poco a poco a lo largo de sus vidas, de forma sorda y anónima.

Os cuento la situación y espero vuestras opiniones, porque no descarto que nuestro amor de padres llene de parcialidad  y sesgo mi interpretación de la realidad.

Mi hija pequeña se incorporó la semana pasada a su nueva guardería. Como los otros tres no habían empezado el cole todavía, me acompañaron los primeros días y tuvieron el privilegio de actuar de embajadores de la peque, yendo todos juntos hasta la clase y, tras mi charla de rigor con la profe, despedirse de su hermana. En esas visitas relámpago son todo vista y oídos, no se les escapa nada de la nueva clase, los profes, los juguetes o los compañeros que tendrá Alicia.

El caso es que los otros niños de la clase parecen un anuncio de Benetton, de aquellos con bebés de todas las razas y tonos de piel. Pues bien, algo que a mis ojos es reseñable y curioso, para ellos ha pasado completamente desapercibido. Algo que nos llena de orgullo a mi mujer y a mi y que justifica el esfuerzo que hacemos para que así sea.

En mi post anterior hablaba de nuestra escapada por Londres donde ya pudimos observar lo tolerantes y adaptados que son a la diferencia. Idiomas, vestimentas, costumbres... parece que la inversión en tiempo y dinero que hacemos llevando a la familia en los viajes empieza a pagarse por si sola. Esto es ROI y lo demás tonterías.

Foto: Catálogo Otoño Invierno 2011 de Benetton
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